Lo mismo que cuando saludamos con un “buenos días” o despedimos a alguien deseándole un buen viaje, el primer día del año todos nos intercambiamos deseos de felicidad, paz, prosperidad...Y desde la fe cristiana, el saludo al comienzo de un año parte de la convicción de que Dios es el dueño del tiempo, de que estamos en sus manos y de que Él nos lleva de la mano. Y este día trae también consigo varios mensajes. Sin lugar a dudas, el más popular es el comienzo del año; pero también es el último día de la Octava de Navidad, el día en que Jesús fue circuncidado y le pusieron ese nombre, la jornada de oración por la paz... Pero sobre todo, es la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Este título de “Santa María, Madre de Dios” es el principal de todos los demás que se pueden aplicar a la Santísima Virgen, y seguramente es la fiesta más antigua dedicada a la Virgen en la liturgia romana. Esta fiesta nos invita, como dijo Pablo VI, a “celebrar la parte que tuvo María en el misterio de la salvación y a exaltar la singular dignidad de que goza la Madre Santa, por la que merecimos recibir al Autor de la vida”.
María es la maestra de la espera, de la acogida y de la manifestación del Mesías al mundo. Es la persona que mejor vivió la Navidad y, por ello, su recuerdo puede ayudarnos, junto al de Jesús, a celebrar mejor este tiempo y a comenzar el año con buen pie; porque el cariño y la admiración que sentimos por ella nos llevan a destacarla desde el primer día por los valores que aporta como persona y como creyente.
Como dice san Pablo en su carta de hoy, “Dios envió a su Hijo para que recibiéramos el ser hijos por adopción”. Y que bien que nos hace que al principio del año se nos recuerde esta convicción que da un tono distinto a nuestra historia: somos hijos en la casa del Padre. Puede ser que no gocemos de muy buena salud, que nuestra situación social o económica no sea muy boyante, y que nuestras cualidades no sean muy brillantes. Pero lo que nadie nos quita es que somos hijos en la familia de Dios, que Dios nos quiere como a sus hijos. Eso no es un mero consuelo psicológico, sino teología pura y dura. Sea lo que sea lo que nos vaya a deparar el año nuevo, una cosa es importante, y es que a lo largo de todos sus días, Dios seguirá siendo nuestro Padre y nos querrá como a hijos.
Pero Cristo no se contenta sólo con esto, no, sino que, además, nos quiere hacer también hijos de su Madre. Él, que quiso nacer de mujer, como nosotros, nos regaló a María por Madre de nuestra filiación sobrenatural; para que tengamos un Padre en el cielo y una Madre sobre la tierra, y en el regazo de ambos aprendamos de una vez por todas que somos hermanos, hijos de Dios y de María; porque nadie, nadie puede decir que tiene a Dios como Padre si no tiene a María como Madre.
Hoy pues, pedimos a Jesús, Príncipe de la Paz, y a María, Reina de la paz, que nos concedan una paz profunda en el espíritu. Paz en las almas para conseguir la paz en las armas. Paz en la sociedad como fruto de la justicia social. Paz en la familia humana como expresión natural y sobrenatural de la fraternidad de todos los hombres, como hermandad de todos los hijos de Dios...
Pero también paz en nuestra vida de cada día. Hoy, jornada mundial de la paz, es bueno que pidamos a Dios por la paz entre nosotros. Paz en nuestras casas, paz entre padres e hijos, paz entre hermanos y familiares, paz en nuestro pueblo, paz entre vecinos...¡Cuántas envidias, rencores, recelos, chismorreos a espaldas y calumnias, míseras y despreciables todas ellas ante los ojos de Dios, indignas e inaceptables en un cristiano, podríamos evitar y procurar evitar este año que comenzamos, para ser verdaderamente felices!
Santa María, Madre de Dios, Reina de la paz, ruega por nosotros.
Fuente: Padre Ramón Clavería.
Director Espiritual de Canal Romero.



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