viernes, 6 de enero de 2012

REFLEXIONES DE LA PALABRA (XXXIII). Solemnidad de la Epifanía del Señor.

Aquella estrella que se alzó en Oriente y guió a los magos hasta el lugar donde se encontraba Jesús, es una estrella que también se alza hoy para todo el mundo, pero que no todo el mundo la ve o la quiere ver.

Lo explica muy bien esta historia tan conocida y deliciosa que hoy escuchamos; y que nos muestra como la gente importante de Jerusalén, los que, en teoría, eran los mejores conocedores de las profecías y de las esperanzas que Dios había ofrecido al pueblo de Israel, no vieron la estrella. Y no sólo no la vieron, sino que, como dice el evangelio, "se sobresaltaron" al enterarse. Y es que no les interesaba. A Herodes no le interesaba porque en su corazón no había espacio para nada más que para el afán de poder. Y a los demás no les interesaba porque ya estaban aposentados en su religión organizada que ellos tan bien dominaban y que les aseguraba la tranquilidad. Y no tenían ninguna gana de perder esta tranquilidad y esta situación de dominio. Aquel Mesías que los profetas habían anunciado podía ser un peligro. Podía exigirles que realmente convirtieran su corazón, y fuesen fieles de verdad al único mandamiento definitivo: el de amar, el de compartir las cosas, el de hacer todo lo posible para que todo el mundo. pudiera vivir con paz y felicidad. Eso no les interesaba.

Y a cuánta gente, aún hoy esto no les interesa tampoco. Incluso a gente que se define como cristiana. Y hasta, quizás, a veces, a nosotros mismos.

Pero en cambio, sí que hay gente que les interesa. Aquellos personajes venidos de Oriente están dispuestos a lo que sea para encontrar aquella luz. Y cuando llegan a Belén, ante aquel niño que no parece que tenga ninguna importancia, un niño pequeño en brazos de su madre como tantos otros, se arrodillan y le dan todo lo que tienen, todo lo que son. Como tantos hombres y mujeres que después conocieron a Jesús por los caminos de Palestina y lo siguieron. Y como tantos hombres y mujeres que después, a lo largo de los siglos, han reconocido en él, en aquel Jesús que no tuvo nunca ningún otro poder más que el del amor, en aquel Jesús que murió en la cruz, la fuerza de la vida más plena, el único camino que vale la pena seguir. Y, como los magos, le han dado todo, han decidido vivir siguiendo tanto como puedan este camino suyo.

Como nosotros, también. Como nosotros que, a pesar de nuestras debilidades e infidelidades, a pesar de las veces que nuestra vida se vuelve egoísta y cerrada, también hemos querido seguir la estrella, y hemos sentido como los magos la inmensa alegría de encontrarnos con él y de caminar junto a él.

Son, pues, dos maneras de ponerse ante la estrella que lleva hacia Jesús. Esta historia del evangelio nos las ha explicado muy bien. Pero yo diría que todavía existe una tercera manera, otra manera que no aparece en el evangelio pero que en nuestro tiempo también se da, y que podemos reflexionar sobre ella un momento. Una tercera manera que seguramente nosotros conocemos en amigos o incluso en alguien de nuestra familia; y es la manera de aquellos que no creen en Jesús pero que actúan honestamente, y a veces, incluso, con mucha entrega a los demás. Diríamos que son gente que siguen la estrella pero no acaban de llegar a Belén, allí donde está Jesús. No hacen como aquellos hombres de Jerusalén que les molesta el mensaje de amor del Mesías. No. No es por mala voluntad que no encuentran a Jesús. Puede ser por muchas causas, que siempre nos costará saber o entender. Pero lo cierto es que quieren y siguen con buena voluntad la luz del Espíritu de Dios que también está en su corazón pero no llegan a la alegría plena que supone el encontrarse con Jesús.

Hoy puede ser un buen día para recordar a estos hombres y mujeres de buena voluntad que no creen en Jesús. Y rezar por ellos. Y agradecer el amor que Dios pone en ellos. Y desear que lleguen a conocer y a querer a Jesús. Y sentirnos más llamados a vivir más fielmente el Evangelio como testimonio de nuestra fe.

Y si los Reyes Magos tuvieron una estrella; nosotros tenemos a María, Estrella del Oriente. Hoy le pedimos que ayude a sus hijos que no pueden vivir esta alegría que nosotros vivimos. Tanto a los que no pueden vivirla por dejadez, inconsciencia o mala voluntad, como a los que siguen el camino de amor sin llegar a aquél que es la fuente de toda bondad y toda gracia, que no es otro que el Rey de Reyes y Señor de Señores, Jesucristo.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.

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