domingo, 8 de enero de 2012

REFLEXIONES DE LA PALABRA (XXXIV). Fiesta del Bautismo del Señor

Con la fiesta del Bautismo del Señor terminamos el tiempo de Navidad y comenzamos el tiempo ordinario. Por eso, podemos decir que este domingo es una especie de domingo “bisagra”, que engancha la vida oculta de Jesús con los inicios de su presentación pública como Mesías.

Hoy, pues, el Evangelio pega un salto de treinta años, al presentarnos a Jesús recibiendo el bautismo de Juan. Esta es una de las escenas del evangelio que nos vienen relatadas en los cuatro evangelios, y nos presenta a Jesús en la fila de los que esperan, como un de tantos, como si fuera un pecador más, pidiendo a Juan que lo bautice.

Tenemos que decir que el bautismo de Juan era distinto del Bautismo cristiano que hemos recibido nosotros. En tiempos de Jesús, recibir el bautismo era un rito de penitencia por el que se reconocían pecadores, pero arrepentidos y dispuestos a vivir en obediencia a Dios. Por eso que esta imagen de Jesús es llamativa y sugerente: Él, que es el que quita el pecado del mundo, que es el santo de Dios, asume la condición humana con toda su debilidad y el pecado de todos. Jesús no hace penitencia por sus pecados, más que nada porque Él sí que puede decir que no tiene pecados, pues no podía pecar, por ser Dios; Jesús hace penitencia por los pecados de su pueblo, por los pecados del mundo entero, acude a pedir perdón públicamente por los pecados cometidos por los demás con este gesto de generosidad que inicia ya su lucha contra los poderes del mal, y que encontrará su cumbre en la cruz, y su premio en la resurrección.

Y así, con esta convicción, Jesús penetra en el Jordán, pidiendo perdón por el pecado ajeno que Él hace propio. Si nos fijásemos bien, y procuráramos alcanzar toda la profundidad de este gesto, veríamos que es una estampa sorprendente que significa y revela hasta dónde llega el talante redentor de Jesucristo: Jesucristo se solidariza con los pecadores para liberarlos como Redentor. Y al salir del Jordán, Jesús sale del tiempo preparatorio y es proclamado como el Hijo predilecto, el Hijo amado. A partir de ahora, el objetivo apasionado y declarado de Jesús será evangelizar, es decir, dedicarse por completo a llevar a cabo el Reino de Dios.

Por otra parte, el bautismo de Jesús nos da pie para considerar que nosotros también hemos sido bautizados, pero que hemos sido bautizados con Espíritu Santo y fuego. Hoy es un día para agradecer a Dios nuestro Bautismo, y nada mejor que recordar los títulos con los que enriqueció nuestra vida. Si vemos en la televisión que mucha gente presume de sus títulos de nobleza, nosotros podemos presumir de tener el mayor título de nobleza que existe, un título de nobleza inigualable, que es el de ser hijos de Dios. Cualquiera de nosotros, podríamos escribir en nuestra tarjeta de visita “Fulanito de tal, cristiano por la gracia de Dios”. Y eso de de ser cristiano, trae consigo, en primer lugar, el ser hijo de Dios; y porque Dios es nuestro Padre y nos quiere, podemos gritar en todo momento “soy hijo de Dios”. También nos hace hermanos de Jesucristo; lo cual hace que nuestra relación con Él sea de confianza.

Llleva unas exigencias, es verdad, pero nos da unos derechos de familia. Luego también nos hace Templo del Espíritu Santo; Herederos del cielo; lo cual nos corresponde por ser de la familia de Dios. Dios Padre nos regala el cielo, que nos conquistó Jesús con su muerte, y en nuestras manos, y con nuestro modo de vida está el aceptar este regalo o no. Y finalmente, entre otras muchas cosas buenas, el Bautismo trae también consigo el ser hijo de María. Habría muchos, muchos más títulos que podríamos poner en nuestra tarjeta de visita, pero este nunca debe faltar; porque Jesús nos ha dado a su propia Madre como Madre a todos sus seguidores.

Mn. Ramón Clavería Adiego; Director espiritual de Canal Romero.

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