Mientras preparaba esta semana estas reflexiones, leía un hecho curioso sucedido en una de esas salidas a la calle de las cámaras de TV para encuestar sobre cualquier tema variopinto. La pregunta de aquella salida era: ¿Qué piensa del poder de la Iglesia? Y las respuestas eran las que más o menos cabía de esperar: apoyo de los poderosos, Inquisición, opresión moral... Pero hubo un hombre de la calle que se salió del carril habitual: y que dijo: “ -¿El poder de la Iglesia? Me parece estupendo: el poder de regenerar con el Bautismo, el poder de perdonar, el de anunciar la Palabra de Dios con autoridad...Son cosas de las que estamos muy necesitados, y que tienen que hacernos mucho bien. Naturalmente esta respuesta no salió en televisión.
Y es que se teoriza muy duro contra el poder y la autoridad. Si alguien del futuro se asomara mañana a los escritos de nuestro tiempo, pensaría que en estos años no existía la autoridad, ni había más poderes que los famosos "fácticos"; es decir, que el gobierno era democrático y de consenso, sin manifestar jamás prepotencia; que no existía autoridad en la familia; que en la Iglesia hacía cada uno lo que quería y que la juventud respiraba y vivía anarquismo.
Pero como del dicho al hecho hay un trecho, todos sabemos que la vida real no es así. Crece el poder y la intervención del Estado sobre sociedad e individuos, y un director de prensa es consciente del poder o influencia que tiene sobre opciones y conductas, hasta el punto de que un cambio de dirección en el periódico, radio o TV, se convierte en acontecimiento político. Y siempre, siempre ocurre que donde una autoridad desaparece, nace otra.
Y estos ejemplos nos los encontramos en la vida diaria: Si el entrenador de un equipo pierde autoridad, sube la influencia de un determinado jugador; si el adolescente derrumba la autoridad paterna, irá a someterse a un líder callejero.
Y es que la autoridad es necesaria; porque, a fin de cuentas, alguno ha de llevar el timón de la barca, el volante del automóvil o la dirección del grupo o de la sociedad, si no se quiere que todos perezcan. No vamos a discutir que la autoridad, mal ejercida, puede aplastar, pero tampoco puede negarse que, haciéndolo bien, puede ser también una fuerza liberadora.
¿Y por qué todo este sermón sobre la autoridad? Pues porque el Evangelio de hoy nos dice que la gente de Cafarnaún estaba asombrada, porque Jesús no enseñaba como los maestros habituales, sino que lo hacía con autoridad. Era un modo nuevo de enseñar al que no estaban acostumbrados. Además se veía que un poder emanaba de Él; ya que una palabra suya tenía fuerza para liberar a los hombres oprimidos por el maligno. Los propios demonios entendían muy bien, mejor que muchos hombres que hablaban de alianzas con Beelzebul.
Y este mismo Señor permanece en el mundo y en su historia por medio de la Iglesia, convertida en memorial suyo, pues a través de ella Él continúa pasando entre nosotros haciendo el bien a todos, y enseñando con autoridad, aunque a más de uno le pique. Él se dirige a nosotros por medio de su Palabra salvadora y por medio del Magisterio de la Iglesia para conducirnos por el camino del bien.
Por eso no podemos estar en su presencia como discípulos descuidados, sino que hemos de saber escuchar y meditar con amor su Palabra para ponerla en práctica; y además, tenemos el gran compromiso de esforzarnos para que el Reino de Dios vaya haciéndose realidad en los diversos ambientes en que se desarrolla nuestra existencia.
El anuncio del Evangelio lo hemos de hacer con la fuerza que nos viene de la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida. Y, siendo los primeros en vivir lo que proclamamos, nos hemos de presentar ante los demás no como unos charlatanes, sino como quienes tienen autoridad para hablar del Señor desde una vida convertida en testimonio personal de la salvación que Dios ofrece a toda la humanidad. Pero ojo, repito, que primero de todo tenemos que vivir el anuncio del Reino en nuestra propia vida.
Roguémosle pues, a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir con lealtad nuestra fe en Cristo, de tal forma que nuestra existencia misma se convierta en un Evangelio viviente del amor que Él tiene a toda la humanidad.
Ramón Clavería Adiego
Director espiritual de Canal Romero.
Director espiritual de Canal Romero.



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