Pero la Cuaresma, aunque empiece con esa severidad y aunque se presente como una antítesis al carnaval, no es un tiempo para el fastidio; sino todo lo contrario; es el largo recorrido que necesitamos para pasar de la ceniza de nuestra condición de pecadores a la gracia de una vida nueva que nos regala Jesucristo.
La Cuaresma es una camino que nos lleva a la Pascua; una experiencia fuerte de fe; un tiempo más abundante de la escucha de la palabra de Dios; de oración, de caridad, de querer ser mejores. La Cuaresma es un tiempo de gracia, porque Dios nos permite mirar hacia dentro de nosotros mismos para ver cual es éste o aquél fallo que nos impide seguir a Cristo con radicalidad. La Cuaresma es también marcha de toda la Iglesia; porque es toda la Iglesia la que se pone en camino: y ahí nos metemos todos, empezando por Benedicto XVI y acabando por ese niño que acaba de ser bautizado ahora mismo en cualquier parte del mundo, con nuestras ilusiones, merecimientos, esperanzas, miserias y alegrías... toda la Iglesia nos metemos de lleno a preparar la Pascua.
La Cuaresma es, finalmente, un empuje a nuestra fe, porque no nos hacemos cristianos ni crecemos en la fe solos, aisladamente; sino que Dios nos da la fe por medio de la Iglesia; y la Cuaresma alienta la fe de todos los que queremos hacer este camino que nos lleva al encuentro de Jesús. Pero sabemos que este compromiso por vivir la alianza bautismal y la conversión creciente es muy difícil. Difícil, que no imposible; porque todo lo que se dio en Jesús es posible, con la gracia de Dios, para cualquier cristiano. Pero el problema estriba en la tentación que nos ronda, y que siempre se encuentra al acecho.
Por eso que el primer domingo de Cuaresma nos recuerda cada año que la tentación es una realidad que merece una consideración muy seria; porque no es un asunto de importancia menor, ni ha pasado de moda, por más que alguno lo piense; ya que, por detrás de nosotros, tenemos a uno que es malvadísimamente malvado, a quien nos pintan con cuernos, rabo y tridente, y que se empeña en impedir que cumplamos en nuestras vidas el plan que Dios tiene marcado para nosotros.
Por eso que el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto es de carácter teológico. No intenta informarnos de un episodio concreto de la vida de Jesús, sino hacer ver la actitud de fondo con la cual el Hijo de Dios comprendió y vivió su misión mesiánica; ya que la experiencia de Jesús en el desierto responde al impulso divino y entra en los planes de Dios, puesto que Jesús vive el desierto como tiempo de prueba y aceptación de la propia identidad y misión; y pasa por la prueba que dejará al descubierto su grado de adhesión personal y de fidelidad a la misión recibida de Dios. Jesús nos muestra, por tanto, como hemos de vencer las tentaciones, apoyándonos no en nuestras propias fuerzas, sino abandonándonos en los brazos de Dios, y reconociendo que sólo Él es Señor de cielos y tierra, admitiendo que nosotros no somos más que arcilla entre sus manos y que dependemos totalmente de Él, algo que fastidia mucho admitir.
Y Él pone, una vez más, a nuestro alcance los medios necesarios: la oración, la limosna, el ayuno, el sacramento de la Penitencia o Reconciliación, la Eucaristía... Y también nos ha dejado la ayuda poderosa de santa María. Que Ella haga camino con nosotros, y nos ayude a preparar nuestra renovación bautismal en la Pascua, sobre todo cuando en la Vigilia Pascual, a la que ninguno deberíamos faltar, pues es la Misa más importante de todo el año, celebremos por todo lo alto, y con toda la Iglesia, el triunfo del Señor.
Mn. Ramón Clavería Adiego.
Director espiritual de Canal Romero.
Director espiritual de Canal Romero.



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