Hoy en el evangelio nos encontramos con un Jesús que vuelve a Cafarnaún; un Jesús que, de nuevo, sorprende, pues si hasta ahora lo veíamos hablar con autoridad, hoy nos deja boquiabierto
s en su modo de actuar. De hecho, el evangelio nos dice como sus paisanos decían que nunca habían visto una cosa igual.; pues Jesús encarna perfectamente ese “algo nuevo que esta brotando” del que nos habla el profeta Isaías en la primera lectura, y que va ligado con el perdón de los pecados por parte de Dios.
Y es que la lucha contra el pecado, con la que Jesús comenzó su ministerio se va manifestando con escenas como la de hoy, en que aparecen ligados el perdón de los pecados y la curación de un paralítico; empezándose de esta manera a desvelar el sentido de las curaciones, como señales del poder de Jesús sobre el mal; ya que la salvación del hombre no es solamente corporal, es decir, de enfermedades o de limitaciones físicas; sino que abarca a toda la persona; pues la salvación consiste en vencer el pecado y la muerte.
Pero fijaos en otra cosa: Hoy vemos en el evangelio uno de los primero signos de rechazo hacia Jesús, en este caso por parte de los letrados, que se preguntan unos a otros el por qué habla Jesús así, afirmando incluso que blasfema, porque, tal y como ellos dicen, ¿quién puede perdonar pecados fuera de Dios? Pues bien, ante esta actitud, Jesús les ofrece una prueba irrefutable de su poder para perdonar los pecados poniendo en pie al paralítico.
Es decir, Jesús les muestra claramente que es Dios; que en Él Dios ofrece su salvación al hombre pecador y desvalido, a todo el hombre. O sea, que aquellos letrados, tenían razón cuando decían que sólo Dios puede perdonar los pecados; pero estaban mal situados frente al evangelio, porque no supieron que Dios estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo; y hoy día, a nosotros nos cuesta creer y aceptar que Cristo está perdonando por medio de la Iglesia, en la persona de los sacerdotes.
Nosotros ya sabemos de sobras que hoy no está muy bien visto confesarse, es verdad; y que mucha gente se busca excusas de todo tipo, como “yo me confieso directamente con Dios”; “¿para qué contarle a un cura mis pecados?”; “yo ni mato ni robo ni hago mal a nadie”; “qué nos den la absolución general y así no me tengo que confesar” (esta última, además es un error, porque el que recibe esta absolución, tiene obligación de confesarse los pecados cuanto antes, para que le valga; y hay que reconocer que aquí bastantes sacerdotes, han hecho de su capa un sayo, y la han administrado sin ningún fundamento); pues bien, todas estas excusas, no son válidas.
La confesión no es exclusiva de la religión cristiana, sino que es una necesidad humana elemental y básica. Las tribus más antiguas ya la practicaban, y hoy día, muchos que van de “progre” por la vida, se siguen confesando, pero en vez de con un cura, con un psiquiatra o un psicoanalista, que además de no curar las heridas del alma, te vacían el bolsillo, y te dicen “vuelva usted otro día”. ¿No os dais cuenta de esto? Desde hace unos treinta años, que la gente ha dejado de confesarse, es cuando enfermedades psicológicas como la depresión, y otras por el estilo han campado a sus anchas; y es que necesitamos, lo repito, necesitamos sentirnos limpios por dentro, tener una conciencia limpia que nos permita vivir y dormir tranquilos y a gusto... y eso sólo lo encontraremos en el sacramento de la penitencia; el único sitio donde se nos dirá con certeza: tus pecados están perdonados, vete en paz.
Ahora que estamos a la puerta de la Cuaresma es un buen momento para recapacitar y mirar hacia dentro de nosotros mismos, y acercarnos a recibir este sacramento. Y es que Dios siempre está dispuesto a perdonarnos, lo sabemos; pero para ser perdonados, hay que pedirle perdón. Él nos ha hecho este gran regalo del sacramento de la reconciliación. No seamos corticos, y aprovechémoslo. Pidámosle ayuda a la Virgen para hacer una buena confesión; porque el sabernos con certeza perdonados y reconciliados con Dios nos da una paz y una alegría interior inexplicables.
s en su modo de actuar. De hecho, el evangelio nos dice como sus paisanos decían que nunca habían visto una cosa igual.; pues Jesús encarna perfectamente ese “algo nuevo que esta brotando” del que nos habla el profeta Isaías en la primera lectura, y que va ligado con el perdón de los pecados por parte de Dios. Y es que la lucha contra el pecado, con la que Jesús comenzó su ministerio se va manifestando con escenas como la de hoy, en que aparecen ligados el perdón de los pecados y la curación de un paralítico; empezándose de esta manera a desvelar el sentido de las curaciones, como señales del poder de Jesús sobre el mal; ya que la salvación del hombre no es solamente corporal, es decir, de enfermedades o de limitaciones físicas; sino que abarca a toda la persona; pues la salvación consiste en vencer el pecado y la muerte.
Pero fijaos en otra cosa: Hoy vemos en el evangelio uno de los primero signos de rechazo hacia Jesús, en este caso por parte de los letrados, que se preguntan unos a otros el por qué habla Jesús así, afirmando incluso que blasfema, porque, tal y como ellos dicen, ¿quién puede perdonar pecados fuera de Dios? Pues bien, ante esta actitud, Jesús les ofrece una prueba irrefutable de su poder para perdonar los pecados poniendo en pie al paralítico.
Es decir, Jesús les muestra claramente que es Dios; que en Él Dios ofrece su salvación al hombre pecador y desvalido, a todo el hombre. O sea, que aquellos letrados, tenían razón cuando decían que sólo Dios puede perdonar los pecados; pero estaban mal situados frente al evangelio, porque no supieron que Dios estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo; y hoy día, a nosotros nos cuesta creer y aceptar que Cristo está perdonando por medio de la Iglesia, en la persona de los sacerdotes.
Nosotros ya sabemos de sobras que hoy no está muy bien visto confesarse, es verdad; y que mucha gente se busca excusas de todo tipo, como “yo me confieso directamente con Dios”; “¿para qué contarle a un cura mis pecados?”; “yo ni mato ni robo ni hago mal a nadie”; “qué nos den la absolución general y así no me tengo que confesar” (esta última, además es un error, porque el que recibe esta absolución, tiene obligación de confesarse los pecados cuanto antes, para que le valga; y hay que reconocer que aquí bastantes sacerdotes, han hecho de su capa un sayo, y la han administrado sin ningún fundamento); pues bien, todas estas excusas, no son válidas.
La confesión no es exclusiva de la religión cristiana, sino que es una necesidad humana elemental y básica. Las tribus más antiguas ya la practicaban, y hoy día, muchos que van de “progre” por la vida, se siguen confesando, pero en vez de con un cura, con un psiquiatra o un psicoanalista, que además de no curar las heridas del alma, te vacían el bolsillo, y te dicen “vuelva usted otro día”. ¿No os dais cuenta de esto? Desde hace unos treinta años, que la gente ha dejado de confesarse, es cuando enfermedades psicológicas como la depresión, y otras por el estilo han campado a sus anchas; y es que necesitamos, lo repito, necesitamos sentirnos limpios por dentro, tener una conciencia limpia que nos permita vivir y dormir tranquilos y a gusto... y eso sólo lo encontraremos en el sacramento de la penitencia; el único sitio donde se nos dirá con certeza: tus pecados están perdonados, vete en paz.
Ahora que estamos a la puerta de la Cuaresma es un buen momento para recapacitar y mirar hacia dentro de nosotros mismos, y acercarnos a recibir este sacramento. Y es que Dios siempre está dispuesto a perdonarnos, lo sabemos; pero para ser perdonados, hay que pedirle perdón. Él nos ha hecho este gran regalo del sacramento de la reconciliación. No seamos corticos, y aprovechémoslo. Pidámosle ayuda a la Virgen para hacer una buena confesión; porque el sabernos con certeza perdonados y reconciliados con Dios nos da una paz y una alegría interior inexplicables.
Mn. Ramón Clavería Adiego
Director espiritual de Canal Romero.
Canal Romero.
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