Anuncio Romería Virgen de la Cabeza 2012. Una Misma Devoción y Fe.



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El Escritor Alfonso Ussía será el Pregonero de la Romería de la Virgen de la Cabeza 2012.

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Peregrinaciones al Santuario de la Virgen de la Cabeza para esta Semana.

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Las Tasas de la Romería de la Virgen de la Cabeza. Se Aplicarán en las Zonas de Acampada Municipal.

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jueves 2 de febrero de 2012

REFLEXIONES DE LA PALABRA (XXXVIII). Fiesta de la Purificación de la Virgen y Presentación de Jesús en el Templo (La Candelaria)

«Portones, alzad los dinteles; que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria", (Sal 24, 7).

Con estas palabras del salmo, la liturgia de esta fiesta saluda a Jesús, nacido en Belén, mientras por primera vez atraviesa el umbral del templo de Jerusalén. Cuarenta días después de su nacimiento, María y José lo llevan al templo, para cumplir la ley de Moisés: "Todo varón primogénito será consagrado al Señor".

El evangelista Lucas pone de relieve que los padres de Jesús son fieles a la ley del Señor, la cual recomendaba la presentación del recién nacido y prescribía la purificación de la madre. Con todo, la palabra de Dios no quiere atraer la atención hacia esos ritos, sino más bien hacia el misterio del templo que hoy acoge a aquel que la antigua alianza prometió y los profetas esperaron. A él estaba destinado el templo. Debía llegar el día en que él entraría como “el ángel de la alianza” y se manifestaría como "luz para iluminar a las naciones y gloria del pueblo (de Dios) Israel".

Esta fiesta es una gran anticipación de la Pascua. En efecto, en los textos y en los signos litúrgicos vislumbramos, casi en un solemne anuncio mesiánico, lo que deberá realizarse al término de la misión de Jesús en el misterio de su Pascua. Todos los que se hallan presentes en el templo de Jerusalén, tal vez sin darse cuenta, son testigos de la anticipación de la Pascua de la nueva alianza, de un acontecimiento ya cercano en el misterioso Niño, un evento capaz de conferir nuevo significado a todas las cosas.

Las puertas del santuario se abren al rey admirable, que "está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser signo de contradicción". En ese momento, nada hacía pensar en su realeza. Aquel bebé de cuarenta días es un niño normal, hijo de padres pobres. Los más íntimos saben que ha nacido en un establo cerca de Belén. Recuerdan los cantos celestiales y la visita de los pastores, pero ¿cómo pueden pensar, incluso los más cercanos, incluso María y José, que ese niño -según las palabras de la carta a los Hebreos- está destinado a ocuparse de la descendencia de Abraham como único sumo sacerdote ante Dios para expiar los pecados del mundo?

En realidad, la presentación de este niño en el templo, como la de cualquiera de los primogénitos de las familias de Israel, es signo precisamente de esto: es el anuncio de todas las experiencias, los sufrimientos y las pruebas a las que él mismo se someterá para socorrer a la Humanidad, a aquellos hombres que la vida muy a menudo pone a dura prueba.

Será él, misericordioso, único y eterno sacerdote de la nueva y eterna alianza de Dios con la Humanidad, quien revele la misericordia divina. El, el revelador del Padre, que "tanto amó al mundo". El, la luz que ilumina a todo hombre, a lo largo de toda la historia.

Pero, siempre por este motivo, en toda época Cristo se convierte en "signo de contradicción". María que hoy, como joven madre, lo lleva en brazos, será partícipe, de modo singular, de sus sufrimientos; una espada traspasará el alma de la Virgen, y ese sufrimiento, unido al del Redentor, servirá para llevar la verdad a los corazones de los hombres .

El templo de Jerusalén se convierte así en teatro del evento mesiánico. Después de la noche de Belén, ésta es la primera manifestación elocuente del misterio de la divina Navidad. Es una revelación que viene de lo más profundo de la antigua alianza. En efecto, ¿quién es Simeón, cuyas palabras inspiradas resuenan bajo la bóveda del templo de Jerusalén? Es uno de los que "esperaban la consolación de Israel" con una fe inquebrantable. Simeón vivía de la certeza de que no moriría antes de haber visto al Mesías del Señor: certeza que le venía del Espíritu Santo. Y ¿quién es Ana, hija de Fanuel? Una viuda anciana, que el Evangelio llama "profetisa", y que no se apartaba del templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones.

Los personajes que toman parte en el acontecimiento que conmemoramos hoy constituyen un gran símbolo: el símbolo del templo, el templo de Jerusalén, construido por Salomón, cuyos pináculos indican los caminos de la oración a toda generación de Israel. En efecto, el santuario es la coronación del camino del pueblo a través del desierto hacia la tierra prometida, y expresa una gran espera. De esta espera habla toda la liturgia de hoy. En efecto, el destino del templo de Jerusalén no sólo representa la antigua alianza. Su auténtico significado era, desde el inicio, la espera del Mesías: el templo, construido por los hombres para la gloria del Dios verdadero, debería ceder su lugar a otro templo, que Dios mismo edificaría allí, en Jerusalén.

Hoy viene al templo aquel que asegura que cumple su destino y lo debe reconstruir. Un día, precisamente enseñando en el templo, Jesús dirá que ese edificio construido por manos de hombres, ya destruido por los invasores y reconstruido, sería abatido de nuevo, pero esa destrucción marcaría como el inicio de un templo indestructible. Los discípulos, después de la resurrección, comprendieron que el "templo" del que hablaba era su cuerpo.

Hoy, por consiguiente, amadísimos hermanos, estamos viviendo una singular revelación del misterio del templo, que es uno solo: Cristo mismo. El santuario, también esta basílica, debe servir para el culto, pero sobre todo para la santidad. Todo lo que tiene relación con la bendición, en particular con la dedicación de los edificios sagrados, también en la nueva alianza, expresa la santidad de Dios, que se da al hombre en Jesús y en el Espíritu Santo.

La obra santificadora de Dios se realiza en los templos hechos por la mano del hombre, pero su espacio más apropiado es el hombre mismo. La consagración de los edificios, por más suntuosos que sean, es símbolo de la santificación que el hombre recibe de Dios mediante Cristo. Por medio de Cristo, toda persona, hombre o mujer, está llamada a convertirse en templo vivo en el Espíritu Santo: templo en el que realmente habita Dios. De ese templo espiritual habló Jesús en su conversación con la samaritana, revelando quiénes son los verdaderos adoradores de Dios, es decir, los que le adoran “en espíritu y en verdad”.

[…] (Por eso, ) Junto con María y José, nos dirigimos hoy en peregrinación espiritual al templo de Jerusalén, ciudad del gran encuentro. Y con la liturgia decimos: "Portones, alzad los dinteles..." Los que pertenecen a la descendencia de la fe de Abraham encuentran en ella un punto de referencia común. Todos desean que esa ciudad se convierta en un significativo centro de paz, para que -según la palabra profética del Apocalipsis- Dios enjugue toda lágrima de los ojos de los hombres, y ese muro, que ha permanecido a lo largo de los siglos como resto del antiguo templo de Salomón, deje de ser el muro de las lamentaciones, para convertirse en lugar de paz y de reconciliación para los creyentes en el único Dios verdadero.

BEATO JUAN PABLO II

También hoy, que en toda la Iglesia se celebra la Jornada de la Vida Consagrada, queremos felicitar y rezar por todos aquellos hombres y mujeres que han entregado su vida a Dios siguiendo los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, viviendo su existencia según el carisma de la orden o congregación a la que el Señor les ha llamado.

De un modo especial, pedimos a Dios, por intercesión de la Santísima Virgen María, que guarde y proteja a los Padres Trinitarios, tan queridos por nosotros, y que tanto se desviven por el cuidado y atención del Santuario, sobre todo por el cariño con el que acogen a todos los que a él se acercan, y por las horas que dedican incansablemente a que la casa de la Virgen de la Cabeza sea la casa de todos sus devotos, y que todos nos sintamos en ella como hijos de Dios y miembros de una misma familia.
Fuente: Padre Ramón Clavería.
Canal Romero.

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