Imagen de María Santísima de la Cabeza en sus Misterios Dolorosos
(propiedad de un particular)
Hoy, Viernes de Dolores, cuando la tradición de nuestro pueblo prepara la apertura de la más grande de las semanas de todo el año, contemplamos a nuestra Santísima Madre, la Virgen María, al pie de la cruz, padeciendo en su alma los dolores de su Divino Hijo en la Cruz.
Muchos son los nombres que le damos a esta Madre Dolorosa, pero uno mismo es el sentimiento que nos mueve hacia Ella: la devoción y la compasión. Compasión de ver a una Madre que sufre ante la cruel y atroz muerte de su Hijo, muerte injusta, inmerecida, pero muerte entre tormentos indecibles....
Hoy, viernes de Dolores, estamos ya en la antesala de la Semana Santa, la Semana que nos cuenta la mayor de las Historias de la historia.
La Historia que vamos a vivir durante la Semana Santa es una Historia de Salvación: una Historia que no termina, pues todavía vivimos de sus frutos saludables. Los hechos que vamos a rememorar: la pasión, muerte y resurrección del Señor son muy antiguos. Tienen casi dos mil años, pero a la vez gozan de gran actualidad.
Jesucristo, que fue enviado al mundo por Dios Padre, entregó su vida en la cruz “por nosotros los hombres y por nuestra salvación”; pero luego experimentó el gozo de la Pascua, su gloriosa resurrección, o sea, su “paso” a la plena comunión con Él. Así lo proclamamos cuando decimos que “está sentado a la derecha del Padre”.
La salvación que Él realizó consistió en liberarnos del pecado, o sea, de todo lo malo que nos oprime y esclaviza, y en hacernos hijos de Dios y partícipes de su vida divina. Mediante su entrega en la cruz nuestro Padre Dios quiso que experimentáramos el amor que nos tiene, su misericordia y su perdón; y, mediante su resurrección, quiso que fuéramos personas nuevas, abiertas a la plena comunión con Él acá y en el más allá.
Jesucristo quiso ser elevado a lo alto de la cruz para ser visto por todos como bandera de salvación y de victoria. Lo mataron, sí; pero Él dio su vida libremente. La dio porque quiso. Esta fue la prueba más grande de su amor, pues “nadie tiene más amor que aquel que da la vida por quien ama”. No quiso subirse al árbol de los placeres ni al de los poderes ni al de la gloria humana. Subió al árbol de los dolores, porque quiso cargar con todos ellos para curarlos. No suprimió los dolores del mundo, pero les dio sentido convirtiéndolos en sacramento, o sea, en fuente de gracia.
Pero esta Historia no terminó en la cruz, sino que culminó en la gloriosa resurrección de Jesucristo. La experiencia que tuvieron los apóstoles y los demás discípulos después de su resurrección fue significativa. Andaban dispersos o encerrados por miedo. Estaban tristes y desesperados. La muerte de su Maestro había supuesto para ellos un mazazo “mortal”. No sólo no levantaban cabeza, sino que estaban “muertos”. Entonces, Jesucristo resucitado los reunió como un pastor reúne a sus ovejas y se presentó en medio de ellos para vivificarlos.
Desde entonces Jesucristo es el centro de la Iglesia, es decir, de la comunidad de sus seguidores; el centro de nuestra vida; el centro del mundo. Nuestros pensamientos, nuestras miradas y toda nuestra vida deben estar orientados siempre hacia Él. Ninguna comunidad puede ser cristiana puede ser cristiana si no lo pone en medio, si no está centrada en Él. Jesucristo, muerto en la cruz y resucitado, además de nuestro Salvador debe ser para nosotros nuestro Guía, nuestro Maestro, nuestro Amigo y nuestro Señor que nos comunica la auténtica vida.
Durante la Semana Santa, en la que celebraremos tantos acontecimientos en torno a la pasión, muerte y resurrección del Señor, podemos hacer entre otras las cosas siguientes: vivir intensamente las celebraciones litúrgicas en nuestros templos, rezar mucho, contemplar al Señor y sentirlo dentro de nosotros leyendo o escuchando los relatos de su pasión, practicar el Vía-Crucis, participar con actitud religiosa en las procesiones, silenciarnos interiormente algunos momentos para escuchar sus llamadas a que muramos también nosotros y a que resucitemos a una vida nueva participando gozosamente en su Pascua.
A lo largo de estos días, las calles de nuestras ciudades y nuestros pueblos se van a llenar de la Pasión de Cristo en una manifestación de devoción y arte que no tiene parangón en el mundo. En una catequesis que, para no pocos, desgraciadamente es la única que reciben en el año; una catequesis que habla mucho más al corazón que a la cabeza, y que exhibe, en no pocos casos, un derroche de lujo que apenas era otra cosa que un derroche de amor.
Pero no nos engañemos; este año, como siempre, y especialmente en estos momentos de crisis, nos encontraremos con quienes nos presenten el falso pretexto de los pobres, afirmando, incluso en nombre de Cristo, que es escandalosa esta manifestación de riqueza y de belleza cuando hay quien pasa hambre. No nos atrevemos a decir si una almoneda de coronas y de mantos resolverá una semana de hambre de los pobres de España. O dos. Lo que sí podemos afirmar que se les habrá quitado ya lo único que poseen. El amor y las lágrimas. No las lágrimas de sus carencias, ni las lágrimas de perlas que ornan muchas de nuestras imágenes de Pasión; sino esas otras mucho más valiosas, esas sí gratas a Cristo y a su Santísima Madre, que son las lágrimas de su amor. Ante todos estos “defensores de los pobres”, les pregunto yo: “¿serás tu capaz de arrebatarle una sola joya a la Virgen?”. Porque la realidad, desconocida, pero real, es que las Cofradías, sin caridad, no son cofradías; y que todo ese derroche de lujo no es ni una mínima parte de la caridad que las cofradías prestan a los necesitados a lo largo de todo el año.
Esos Crucificados de bellísima factura, esos Nazarenos de mansedumbre y amor, son, sobre todo, el Cristo pobre y de los pobres. El Cristo del consuelo, del amor y la esperanza. Y esas Vírgenes hermosísimas, ataviadas con sus mejores galas, no hieren al pobre con su lujo, pues es el único lujo que no suscita envidias sino quereres. No visten lo que han robado a los pobres. Lucen lo que los pobres le han dado. También los ricos, ciertamente. Pero los pobres sienten, saben, que, sobre todo, van vestidas de amor. De amor de ellos y hacia ellos.
Pero la Semana Santa no va a sacar simplemente a la calle magníficas obras de arte; sino que hay otras mucho más humildes. De factura hasta desmañada. Y, curiosamente, el amor es el mismo. El amor de Cristo y de su Madre por los pobres. Y el de los pobres hacia esas mucho más toscas representaciones.
Vivamos, pues, estos días santos. Vivamos en primer lugar los actos litúrgicos, que son el centro y el corazón de la Semana Santa; y disfrutemos de la presencia de las imágenes sagradas en nuestras calles, pues las procesiones son una manifestación, tal vez la más visible, de nuestras raíces cristianas y del amor a Cristo y a su Madre; cada una en su estilo. Cuan distintos la austeridad de Zamora, el lujo de Sevilla o el pintoresquismo de Lorca. Pero qué idénticos el amor y el sacrificio.
Fuente: Ramón Clavería.
Canal Romero.